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Desde la otra orilla

El maestro, jardinero de almas

El maestro, jardinero de almas

miércoles 23 de abril de 2014, 10:51h

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Los discípulos son la biografía del maestro (Sarmiento) - Con afortunada frecuencia, la sensibilidad de los poetas rinde homenaje a la entrañable figura del maestro de escuela, [...]
El de primeras letras, a quien enseña la lengua de los libros. Ese oficio tantas veces denostado e incomprendido, reputado, como denunció en su día Ramón y Cajal, de oneroso, propio de gentes infelices, de proletarios intelectuales. Error profundo, continua diciendo nuestro Nobel de Fisiología, que explica cómo entre nosotros la profesión de maestro ha sido percibida como carrera azarosa, sin despensa asegurada ni prestigio reconocido.

Y ha sido así desde hace mucho tiempo. Tanto tiempo hace, que este sambenito, tan injusto por inmerecido, echa a andar, tiene sus raíces en la época clásica. Recordemos, si no, aquella máxima que reza: “Quem dii odérunt paedagogum fecérunt” (a quien los dioses odian, le hicieron profesor). Entonces, como sabemos, el pedagogo era el siervo ilustrado que enseñaba a los hijos de su señor. Y ello, a pesar de la paideia y la humanitas. Qué injusto es, a veces, el ser humano, ese animal que se empecina en ir, casi siempre, contra natura.

Pero nunca ha habido regla sin excepción. Y contracorriente a la estupidez de muchos, algunos poetas y escritores han sabido valorar esa figura a la que tanto debemos casi todos. Porque, ¿quién, desde su niñez abandonada, no está en deuda con un maestro de escuela, con una maestra? Hay ejemplos poéticos, ya digo, de reconocimiento hacia ellos, hacia el oficio, en los que cada estrofa, y cada verso, engrandecen la labor de quienes enseñan. Vean el siguiente poema que, desde la sencillez sublimada, se hace elegía del maestro.

Su autor, Vicente Medina, es un vate murciano, de Archena, que supo captar y cantar lo que significa, o significaba otrora, un maestro o una maestra de escuela para un pueblo, una comunidad y, sobre todo, para unos niños. Y eso era cuando el hombre aún no había perdido la virtud de ser agradecido. Su título, “Los pajarillos sueltos”, y lo verán salpicado de términos panochos. Disfrútenlo.

“No mandes los nenes a la escuela,/porque no la han abierto./Y está, si es que el Señor no hace un milagro,/”cerraica pa” tiempo…/Ha caído en la cama/”mu malico” el maestro/y es cosa de temer por las señales/que ya no se levante el “probe” viejo./Una jaula vacía/”paece” la escuela con aquel silencio/y a sus anchas, corriendo los zagales,/una “bandá” de pajaritos sueltos./Ya doblan las campanas,/ya “arremató” el maestro…/”Muncha” pena me da, porque era un hombre/de los pocos que hay “güenos”./”Muncha” pena me da por los zagales…/¡ No paro de pensar qué va a ser de ellos!

Y para acabar, tal como comencé, les dejo con estas bellas palabras de Ramón y Cajal: Ser padre algo es, pero desenvolver, como el maestro, un buen entendimiento es alcanzar la paternidad más noble, es como perfeccionar la obra de la naturaleza lanzando al mundo, cual jardinero de almas, una flor nueva. Y ya saben: Oportet addiscentem crédere (Es preciso creer al maestro).
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