José Cardona
Aquellas botas “katiuskas”
miércoles 23 de abril de 2014, 10:51h
Siempre, si consultamos la historia con inteligencia y una cierta dosis de rigor, ha habido cambios en la escala de valores de cada época.
Pero como sucede con los buenos libros, hay valores que permanecen a lo largo del tiempo. A esos valores les sucede como al Quijote, a las tragedias clásicas (Sófocles), a las obras señeras de Dante, Shakespeare, Lope, o Hugo, a la poesía de Machado o Rilke, o a la pintura de Miguel Ángel, Velázquez, Goya o algunos de los impresionistas franceses, por poner sólo un puñado de ejemplos de aquello que consiguió, y que aún conserva, la categoría de aportación de calidad, la que trasciende los cánones de un tiempo concreto, de la, a veces, norma caprichosa de una determinada concepción del arte y de la moral.
Pues bien, dos de estos valores, que me atrevería a calificar de vigentes y merecedores de guiar la vida en nuestra sociedad global, pueden ser la prudencia en el juicio y la estética, entendida esta última como la relación armónica de los seres vivos con la naturaleza de la que, en esencia, forman parte. Con la primera no me refiero exclusivamente a la que nos exige corregir la ligereza que, en ocasiones, preside la valoración, concepto y estima que manifestamos de y por los demás (causante de errores como la difamación, la calumnia o el agravio), sino, también y sobre todo, como la facultad del entendimiento que permite discernir y valorar acerca de la certeza de nuestras afirmaciones, y de la hipocresía que en tantas ocasiones encierran. Hoy a cualquier disparate, por el hecho de repetirlo los medios de comunicación, las redes sociales o los políticos, lo elevamos a la categoría de conocimiento científico, de verdad absoluta, y más si con ello hay posibilidad de engordar los dineros públicos. Se comienza a oír que las ventosidades bovinas son altamente contaminantes del medio ambiente y, por tanto, nuestros sufridos ganaderos habrán de pagar por ello al fisco. Sin palabras, como algunos humoristas gráficos titulan sus trabajos. Pues eso, de chiste.
Si bien debemos intentar ser prudentes en nuestras afirmaciones y fundamentar bien los juicios que emitimos (es una buena metodología para evitar caer a veces en la estupidez), nos extendemos más aquí en el reto que la sociedad nos plantea en cuanto al segundo de los valores relacionados. Creo, junto con mi aligo Eulalio, que no somos estéticos en nuestra sociedad actual, y afirmamos esto porque consideramos que lo estético exige, según la cultura clásica, conseguir unidad, armonía y equilibrio en nuestras acciones, conductas y relaciones con el medio (para lo que no es necesario que nos cobren por usar el inodoro). A lo estético subyace una propuesta que siempre es ética y artística. Lo contrario conduce al territorio de lo inmoral de la mano de una concepción materialista de la vida, la que explica nuestra historia sólo desde parámetros económicos y que excluye otras realidades. Renunciar a lo natural es un mal negocio para el hombre. Convivir con la naturaleza constituye todo lo contrario, un hermoso augurio, un presagio de calidad de vida (que no siempre de mide en dinero), porque contribuye a que el hombre establezca una relación unitaria y armónica, equilibrada y ética, con su propio entorno.
No hace mucho tiempo, me cuenta Eulalio, convivíamos con lo natural, sin intermediarios (hoy nos ahogamos en cementos, alquitranes, adoquines, moquetas, alfombras, pastos artificiales, mobiliario urbano). Antes las épocas de lluvia traían charcos a las calles de nuestros pueblos, aún terrizas, y era habitual ver a los niños, con el gozo saliéndose por los ojos, caminar por ellos calzando katiuskas (aquellas botas de goma para los días lluviosos), salpicarse entre si, y poniéndose como “cristos”. Pero ¡cómo disfrutaban aquellos niños!. Esto es, lo sé, solo una anécdota nostálgica de un hombre viejo de pueblo, pero constituye una metáfora que nos ayuda a entender los cambios que, cada vez más, nos alejan de lo natural. Ni siquiera hay hoy piedras en las calles, ni barro en ellas cuando llueve, ni árboles en nuestras carreteras, ni podemos beber el agua de nuestros pozos y fuentes, ni, si me apuran, comer los huevos de nuestras gallinas sin la inevitable venia oficial e impuesto al canto. ¡Pero qué cosas recuerda y me dice mi amigo Eulalio!
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¿Qué enseñar en la sociedad del conocimiento?
Últimos comentarios de los lectores (1)
60 | Ricardo Fernández - 21/03/2011 @ 14:33:49 (GMT+1)
Agradezco al profesor Cardona su valiosa contribución a la educación desde la "sociedad del conocimiento".
No cabe duda que todos los esfuerzos por dotar de herramientas tecnológicas a los estudiantes serían estériles si no se acompañan de una nueva dimensión formativa y metodológica orientada a la promoción de competencias digitales tan demandadas y necesarias para el aprendizaje permanente.