Hoy, 5 de abril de 2025, se cumple un mes del fallecimiento de Doña Amparo Hidalgo García, a la edad de 95 años. Una noticia que la familia no pudo compartir en su momento, debido al profundo dolor por la pérdida, ya que tan solo seis días antes, el 28 de febrero, también falleció Doña Amparo García Hidalgo, su hija mayor, a los 67 años. Dos pérdidas irreparables que han marcado profundamente a todos sus seres queridos.
Hoy, con el alma todavía conmovida, sus hijos y nietos desean rendir homenaje a la memoria de una mujer excepcional, pintora de la reconocida Cerámica Ruiz de Luna y esposa del maestro Don Rafael García Bodas, uno de los más célebres pintores de la Ciudad de la Cerámica. Y lo hacen para que su recuerdo no se pierda en el olvido, sino que perdure como ejemplo de vida, trabajo, sacrificio y belleza.
Amparo Hidalgo nació en La Mata (Toledo) el 12 de mayo de 1929, aunque desde los 7 años residió en Talavera de la Reina, en una humilde casa de la calle San Ginés. Allí, siendo la mayor de ocho hermanos, asumió desde pequeña responsabilidades de adulta: cuidar, alimentar, y acompañar a los más pequeños, en una época de privaciones y silencios. Su infancia fue una lucha diaria, pero también el germen de su fortaleza.
A los 14 años entró como aprendiza en la prestigiosa Fábrica de Cerámicas Nuestra Señora del Prado, donde, bajo la tutela de Saturnina Alfaro, comenzó a desarrollar sus dotes artísticas. Allí, entre azulejos, ánforas y pinceles, encontró su voz como pintora. Su talento pronto la hizo destacar, y a pesar de las dificultades —como su injusta expulsión por romper una fuente en secado— fue reconocida y readmitida por Don Juan Ruiz de Luna, quien supo ver en ella una verdadera artista.
En aquella fábrica también encontró el amor, al conocer a Rafael García Bodas, joven pintor y futuro esposo, con quien compartiría vida, vocación y familia. El suyo fue un matrimonio humilde pero lleno de dignidad, forjado en el esfuerzo y en el cariño. En 1948 ascendió a oficiala de segunda, y durante más de una década participó en los grandes encargos de la casa: vajillas, jarrones, candelabros, firmando sus obras con el número romano VII.
Su trazo cerámico no la abandonó nunca. Incluso cuando dejó la fábrica por razones de salud tras su primer embarazo, el arte siguió fluyendo por sus dedos. En sus cartas, en sus adornos, en su manera de mirar y describir el mundo, seguía viva la esencia del barro y del azul talaverano. “Su caligrafía era una greca de encaje”, dicen quienes aún conservan sus palabras. Amparo fue, sin duda, el alma callada pero firme de una generación de mujeres trabajadoras, creadoras y resilientes.
Hoy, su familia quiere agradecer cada muestra de cariño recibida y pedir una oración por su eterno descanso.
Desde La Voz del Tajo nos unimos al dolor de su familia. Descanse en paz Doña Amparo Hidalgo García. Que su memoria siga pintando de azul el corazón de Talavera.


